Lleva Pérez-Reverte pantalones de pana.
Queremos meterle la mano en el bolsillo para ver si son los mismos que llevaba Lucas Corso en El club Dumas. Esos pantalones de bolsillos anchos, grandes, dados de sí por tanto libro secreto y tanto sobre.
Pero no podemos. Reverte, debe de ser la costumbre balcánica, está ya en pleno tiroteo con el fotógrafo cuando llegamos. Además, como no le gustan las fotos, camina con ‘velocidad Vukovar’ y no lo alcanzamos.
Recorremos la calle de Felipe IV, frente a la Real Academia Española de la Lengua, como si nos persiguiera un influencer, que son los tiradores de los días de paz.
–Arturo, oiga, un momento.
–Ya tienes bastante, ¿no? –se dirige al fotógrafo, que afronta con diversión las pruebas de Hércules improvisadas esta mañana.
–Mire, ¿podemos parar un segundo a…?
–¿Ya lo tienes? –vuelve a preguntarle a David Morales, el fotógrafo.
–¡Señor Reverte, un poco de agua, por Dios!
–Vamos dentro.
Y estamos dentro, previo estiramiento de gemelos, en una de las salas de la RAE. Una sala de esas inundadas de sillones en los que uno se sienta y se hunde más que España en el Mundial de Corea.
Hemos venido a hablar de libros. En realidad, de cómo los libros son percibidos hoy por los lectores y de todo lo que sucede por el camino. Esta es una entrevista para la revista francesa La règle du jeu, que crearon Bernard Henri-Lévy, Susan Sontag, Salman Rushdie, Vargas Llosa o Carlos Fuentes. Se publica de manera simultánea en El Cultural.
Ha llamado la atención de La règle el nacimiento de Zenda, que al parecer no tiene su hermana al otro lado de la frontera. Zenda –condensa su fundador– pretende aunar transversalidad de arriba abajo y de izquierda a derecha.
Es decir, puertas abiertas para los libros de culto y comerciales; y para los libros nacidos en cualquier espacio ideológico, desde la extrema izquierda a la extrema derecha.
Pérez-Reverte se destapó escritor de éxito en París a través de La tabla de Flandes, con la que obtuvo el gran premio de literatura policiaca. Después, El club Dumas lo hizo un habitual entre el gran público. El último capítulo de Alatriste lleva el nombre de la capital francesa.
No hace falta rebuscar un titular. Él mismo razona primero con un puñado de frases largas y, sin que se le repregunte, acaba redondeando el argumento con pocas palabras; quizá la costumbre del oficio de periodista ejercido durante años.
Su tesis: la crítica literaria ha ido desapareciendo y ha dado paso a unos influencers, muchas veces ignorantes, que tienen una gran capacidad de prescripción basada en aspectos emocionales e ideológicos. La crítica tiene parte de culpa por haber orillado una literatura popular que ilumina la vida de mucha gente.
Le miramos los bolsillos. ¿Qué lleva Lucas Corso ahí dentro?
¿Los críticos literarios han muerto? Lo pregunto de manera literal. Ya casi no existe esa figura. Y los que practican la crítica son gente que también se dedica a otras cosas.
La crítica crecía a gran velocidad cuando los medios eran lo que hoy podemos entender como “medios clásicos” y el público era también “clásico”. Era una crítica literaria prescriptiva, casi sagrada, que podía ensalzar un libro y enterrarlo.
Existían críticos prestigiosos que eran seguidos por un ejército de lectores. España, en ese sentido, iba a la estela de Francia o Alemania. Un ejemplo muy claro: el éxito de Javier Marías en Berlín.

Pérez-Reverte traslada en esta entrevista su diagnóstico sobre la evolución de la crítica literaria.
Fue un crítico el que prendió la mecha.
Un crítico alemán que ensalzó su obra en televisión. Fue un pelotazo en toda Alemania. Esa crítica literaria era prescriptiva y, además, era solvente, que es lo importante. Los críticos tenían una formación de mucha calidad.
¿Hasta cuándo duró esa edad de oro de la crítica?
Diría que imperó por última vez en los ochenta y noventa. Pero ahora todo ha cambiado. Los críticos de prestigio, en estos últimos veinte o treinta años, han ido desapareciendo. Y quienes les han suplido no tienen ese prestigio social y cultural.
¿Por su culpa? ¿Por la culpa de estos nuevos críticos?
No lo creo. Pienso que tiene más que ver con el contexto. La sociedad de hoy ya no crea iconos culturales de prestigio. Ahora, los iconos culturales que se crean, en general, son de usar y tirar. Antes, un crítico literario tenía una trayectoria vital.
¿A qué se refiere?
Era alguien que se enfocaba en la crítica desde muy pronto: conocía los clásicos y lo que se llamaba nuevas narrativas. Un verdadero especialista. Escribían críticas muy solventes, canónicas. El crítico entraba en un foro de debate y la gente se callaba. Ese era el mejor reflejo de su influencia. Las redes sociales han democratizado la crítica literaria.
“Un influencer analfabeto tiene más influencia sobre un libro que un crítico que lleva toda la vida estudiando”
Y eso ha ido laminando a los críticos.
Ha canibalizado su capacidad de influencia. También la de los escritores. Antes, como deslizaba, una buena crítica en el suplemento cultural de un gran periódico disparaba las ventas de ese libro. Hoy…
Hoy, un comentario en Tiktok de un influencer tiene mil veces más influencia que la tribuna de un premio Cervantes en el medio de más prestigio.
Desde luego que sí. Un influencer analfabeto tiene más influencia sobre un libro que un crítico que lleva toda la vida estudiando. Es exactamente así.
¿Podemos llamar “críticos literarios” a los influencers que recomiendan libros en las redes sociales?
No, no son críticos literarios. De ninguna manera. Son, en todo caso, prescriptores literarios, que es muy distinto. Son prescriptores porque tienen una gran influencia en la recomendación, en la vida de ese libro, pero esa recomendación no suele tener que ver con los elementos que hacen bueno o malo a un libro.
Si uno de los objetivos fundacionales de la crítica es dar a conocer libros interesantes, ¿debe escribirse también sobre los libros malos? Para un libro malo, ¿la mejor crítica no es el silencio? En ese sentido, los influencers pierden menos tiempo que los críticos: centran sus intervenciones sólo en los libros que les gustan.
Para mí, la crítica clásica, la mejor crítica, es la que describe las características del libro sin destriparlo y, al final, emite un juicio sobre él. Una crítica serena, sensata, donde no hay inquinas personales ni prejuicios ideológicos. Esa crítica ya no se hace.
Ahora, la crítica es visceral. Y es en ese aspecto donde las redes sociales hacen notar su revolución. Han cambiado la razón por el sentimiento. Los libros no son buenos o malos por cómo están escritos, sino por los sentimientos que producen en la persona que los enjuicia.
El peligro de lo emocional como argumento primordial, por encima de todo.
Ni con la literatura ni con la razón. En la crítica deben primar la literatura y la razón. Volviendo a su pregunta: esos influencers son, en el fondo, comentadores emocionales de libros. “Es que este libro protege a tal colectivo, es que este libro defiende tal causa”.
Entonces, se acaba imponiendo el enfoque y la ideología del libro a la calidad del libro. Hoy, libros absolutamente bien escritos son machacados porque no se corresponden con la sensibilidad social del momento.
“Hay libros geniales que son machacados porque no se corresponden con la sensibilidad social de hoy”
Eso insufla la tentación de la autocensura a los escritores.
Sí. Es un enfoque perverso porque se acaba orillando dos factores fundamentales de la literatura: la ruptura y la transgresión. “A ver qué van a decir, a ver si me van a machacar”. Creo que eso está cada vez más presente en la cabeza de los escritores que se van incorporando. Es terrible.
Igual que los periodistas, los críticos literarios trabajan con líneas editoriales. Y también con los condicionamientos que implica compartir ambiente con el escritor. En ese sentido, ¿son más libres los influencers que los críticos?
Esa libertad es buena, ¡por supuesto! Es decir: yo no abogo por clausurar o limitar a estos influencers. Claro que no. Lo peligroso es que estos influencers sustituyan a los críticos tradicionales.
El riesgo está en que los influencers se han adueñado del territorio de la prescripción y eso ha provocado que la buena literatura quede marginada. La influencia de los críticos literarios de hoy se circunscribe a un circuito cada vez más cerrado. Pertenece a una élite cultural algo alejada del lector medio.
Es como un corrimiento, entonces. Como un desplazamiento del eje.
Supone el desplazamiento de la crítica cualificada. El desplazamiento de la prescripción con prestigio a la prescripción iletrada. El imperante salvaje oeste de la prescripción en redes sociales está generando unas disfunciones tremendas.

Un momento de la entrevista.
¿Y qué hay del “boca a boca”? Esa siempre ha sido, y es, la mejor crítica. El lector que, entusiasmado, recomienda a otro.
Sí, tiene usted razón. Pero incluso ese territorio se ha visto distorsionado. Porque gran parte del boca a boca de hoy nace de lo que un influencer ha dicho en las redes sociales.
Nathan Devers, en un ensayo reciente, llama a combatir el pesimismo y a contar con los influencers como soldados de la literatura que la protejan desde dentro: integrarlos en la élite de la crítica. Viene a decir que, con estas nuevas condiciones, hay que jugar el partido. ¿No lo ve posible? Existen ejemplos elogiables, como los de Fernando Bonete o Patricia Fernández.
Sí, conozco esos casos. Pero veo un problema: conforme se crean esos perfiles, conforme sofistican su lenguaje y sus opiniones, van reduciendo su capacidad de llegada. Es triste, pero lo creo así. Es la gran paradoja de nuestro tiempo: cuanta más audiencia, cuanto más respeto mediático en las redes, se va reduciendo la capacidad de prestigio.
¿De verdad no puede existir un camino? Los libros, las historias que atrapen, van a seguir existiendo siempre.
No lo sé. No soy sociólogo, sólo soy un tipo que escribe novelas. Hablo desde mi experiencia en estos cuarenta años. También la crítica literaria tradicional tiene culpa en algunos aspectos: por ejemplo, en haberse olvidado de determinado tipo de libros.
Desarrolle.
Hay un tipo de libros que no ha sido considerado lo suficiente por la crítica. Muchos de los libros que más venden no aparecían ni aparecen en los grandes suplementos. Y creo que es un error.
Hablo de Lola y Pepe, que salen de casa muy pronto, llevan a los niños al cole, se pegan una paliza trabajando, luego van a por ellos, los llevan a las extraescolares, llegan a casa, preparan la cena y se tumban exhaustos en la cama. Joder, no les apetece leer a Proust; no les apetece leer la gran novela literaria o una novela que, podemos entender, “de gran calidad”.
“La sociedad ya no crea iconos culturales de prestigio. Ahora, los iconos que se crean son de usar y tirar”
¿Qué les apetece leer?
Les apetece leer una historia más elemental, que les atrape y les lleve a otra parte, sin demasiadas profundidades, sin demasiados artificios narrativos. Yo mismo, cuando voy de viaje, me llevo novelas policiacas breves para desconectar y pasar un buen rato. ¿Con qué autoridad condenas una literatura que ilumina la vida de tanta gente?
Y esa literatura se ha condenado por parte de la élite.
Megan Maxwell seguro que vende muchas más novelas que yo, por poner un caso concreto. Porque responde a las necesidades de un público muy acorde con el tiempo que vivimos. La crítica literaria dejó fuera del mundo cultural a unas novelas que, en este sentido, son muy importantes. Esa arrogancia de la crítica literaria le está pasando factura.
En las redes sociales, esas novelas sí que han estado en el radar. Ahí, los influencers han sido más hábiles que los críticos.
Las redes sociales, en ese aspecto, han cubierto un vacío que había dejado la crítica.

Pérez-Reverte publicará próximamente sus crónicas de corresponsal de guerra.
Le leo algunos datos del ensayo de Devers sobre Francia, que supongo serán parecidos en España: “Los jóvenes pasan un tiempo diez veces mayor con las pantallas que delante de un libro. 19 minutos de lectura en libro por cada tres horas dedicadas a la pantalla”.
Esas son las matemáticas, digamos, que hacen posible el contexto del que le hablo. Y se valen de ese ambiente para ganar la batalla a la crítica de élite, que ha dejado fuera las novelas de las que hablábamos.
¿Quién tiene más poder hoy? ¿El editor, el escritor, el algoritmo o el influencer?
El influencer. Sin duda, el influencer.
Suele insistir usted en la idea de que, si ahora tuviera veinte años, contaría historias creando videojuegos, y no escribiendo novelas. Esa no es una visión optimista.
Es una visión realista. El hombre necesita de la narración desde que iba a cazar mamuts. En el poblado, se contaba cómo Manolo había sobrevivido a la caza del mamut. Los seres humanos van a necesitar siempre de la narración, de las historias que compensan la parte de la vida no vivida. Todo estuvo primero en el teatro griego, después en Shakespeare… Y así sucesivamente.
Cervantes, Mann, Balzac… Los temas son siempre los mismos. Cuando llegó el cine, el soporte cambió. Lo que quiero decirle es que el libro no es el soporte del futuro. El libro se va encogiendo, se va muriendo.
¿Podría decirlo con cifras?
Hace quince años, yo vendía 800.000 ejemplares de un libro en un año. El primer Alatriste vendió 250.000 ejemplares en un mes. Eso hoy es imposible. Los que peleamos por vender 200.000 libros en un año somos cuatro privilegiados. Y, además, vivimos de la inercia. En cinco años, venderé 100.000 raspados. Un libro que hoy vende 3.000 ejemplares es prácticamente un éxito.
“El libro se va encogiendo, se va muriendo. Si volviera a empezar, escribiría videojuegos”
Volvamos a lo de los videojuegos.
El soporte, como ve, se va agotando. Ya no interesa. Mucha gente compra, se publica un montón, pero el soporte decrece. Tengo claro que el futuro está en las pantallas y es audiovisual. Y creo que, en concreto, el videojuego es un grandísimo soporte. En este punto, me gustaría hablarle de la fragmentación; creo que es una de las claves del asunto.
¿Fragmentación?
Hace quince o veinte años, para publicar un libro tenías que pasar una serie de filtros de calidad. Tu libro llegaba a las librerías tras un calvario, tras haber superado las pruebas de Hércules. Se rechazaban muchísimas novelas.
Hoy, las editoriales se hallan en una huida hacia delante, una carrera suicida: publicarlo todo. “A ver si algo de todo lo que publico funciona”. A cualquiera que tenga un nombre medianamente conocido le piden un libro. Eso ha invadido las mesas de novedades. Los buenos libros, los que sí han pasado filtros, están rodeados de basura en las mesas de novedades. El buen libro se asfixia entre la basura firmada por la gente con nombre conocido.
En este contexto, usted crea Zenda, una revista de crítica literaria, que ha llamado la atención de La règle du jeu. ¿Qué aporta Zenda en este panorama?
Como le decía, la crítica literaria se ha vuelto elitista y está dejando fuera una parte muy importante de la novela. Al mismo tiempo, también lo hemos comentado, prolifera un factor ideológico en los medios de izquierda y derecha, que dejan fuera a lo del otro lado.
Zenda es una revista literaria verdaderamente transversal. Tanto de arriba abajo como de izquierda a derecha. Creo que es una fórmula que no existía; un espacio que hemos venido a llenar.

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