historia de algunos hombres buenos

En Enrique V, un drama histórico de 1599, Shakespeare recrea la batalla que se produjo el 25 de octubre de 1415 en el Campo de Agincourt. Antes del comienzo de la lucha, el rey se dirige a sus hombres, 8.000 ingleses harapientos, desmoralizados y agotados tras recorrer 150 kilómetros. Muchos soldados apenas pueden sostenerse en pie por culpa de la disentería y su mente roza el delirio.

Frente a ellos, al otro lado del Somme, los aguardan tropas francesas frescas y bien armadas que triplican su número. Es el día de San Crispín y los ingleses piensan que no verán otro día. Enrique V improvisa una arenga para levantar la moral de la extenuada tropa y, entre otras cosas, exclama: “Desde este día, y hasta el fin del mundo, los presentes seremos recordados. Nosotros, los afortunados; nosotros los que somos un grupo de hermanos. Porque aquel que derrame hoy la sangre conmigo, será mi hermano”.

Hermanos de sangre (Band of Brothers), una miniserie de diez capítulos producida por Steven Spielberg y Tom Hanks que se estrenó en 2001, finaliza con los testimonios de varios excombatientes de la Compañía Easy del 506.º Regimiento de Infantería de Paracaidistas de la 101.ª División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos, un grupo de elite que participó en el Desembarco de Normandía, combatió en la fallida Operación Market Garden, luchó en la batalla de las Ardenas, liberó campos de exterminio y ocupó el Nido del Águila de Hitler.

Carwood Lipton, teniente segundo de la Compañía Easy, es el que cita los versos de Shakespeare. Ya con 81 años, no sabe que una fibrosis pulmonar acabará con su vida tres meses después de que la serie basada en el libro del historiador Stephen Ambrose llegara a las pantallas televisivas bajo el prestigioso sello de HBO.

Galardonado con una Estrella de Bronce por su participación en el asalto al solar de Brécourt, que consistió en destruir cuatro baterías alemanas de 105 mm que diezmaban a los soldados aliados en la Playa Utah el día D, Lipton volvió a Estados Unidos después de la guerra y se convirtió en un alto ejecutivo de la industria del vidrio.

Un momento de la serie 'Hermanos de sangre'


Un momento de la serie ‘Hermanos de sangre’

Se había alistado en los paracaidistas después de leer en la revista Life un reportaje sobre su durísimo entrenamiento, y cuando llegó al campo de batalla, demostró enseguida dotes de liderazgo. Sensible y comprensivo, sabía mostrarse también enérgico en los momentos críticos y no perdió la calma cuando fue gravemente herido en la batalla de Carentan.

El actor Donnie Wahlberg recreó su personalidad con bastante fidelidad en el capítulo séptimo de la serie (“El punto límite”), donde Lipton logró mantener alta la moral de sus hombres en el bosque de Bastogne, pese al severo asedio de los alemanes y a la inhibición e incompetencia del teniente Norman Dike (Peter O’Meara).

Hermanos de sangre es una extraordinaria producción bélica. Con un presupuesto de 120 millones de dólares, reprodujo con meticulosidad escenarios y batallas. Contrató a 2.000 extras, utilizó 700 armas y 1.200 uniformes de la época e incluso fabricó seis copias exactas de carros blindados utilizados por los estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial.

El rodaje duró diez meses y se realizó en la antigua factoría aeroespacial de Hatfield, localizada en Hertfordshire, Reino Unido. Un pueblo cercano fue remodelado varias veces para recrear la ciudad holandesa de Eindhoven y el pueblo francés de Carentan. En cuanto al bosque Bastogne, se mezclaron árboles reales y artificiales elaborados con fibra de vidrio y se emplearon toneladas de papel y polímeros para crear el efecto de un paisaje nevado.

Un momento de la serie 'Hermanos de sangre'


Un momento de la serie ‘Hermanos de sangre’

En los hangares de la antigua factoría, se rodaron las escenas previas al Día D, cuando los aviones esperaban que el tiempo mejorara en el Canal de la Mancha para iniciar la invasión de la Europa subyugada por Hitler. Al margen de Hatfield, se rodaron algunas escenas en las afueras de Berna, el aeropuerto de Interlaken, el paso de Grimsel y el Gran Hotel de Giessbach.

Algunos cinéfilos desdeñan las series, afirmando que son un género menor respecto a los largometrajes, pero todos estos datos ponen de manifiesto que ese formato puede ser tan ambicioso como la superproducción cinematográfica más costosa. Hermanos de sangre no es un producto para la televisión, sino una película de algo más de diez horas que nos ofrece uno de los retratos más realistas y sobrecogedores de la Segunda Guerra Mundial.

Lejos de idealizar la contienda, muestra el carácter desgarrador de un enfrentamiento bélico. Aunque no faltan dosis de épica y heroísmo, la descripción del frente y la retaguardia no esconde o maquilla los aspectos más penosos y prosaicos. Los soldados enferman y apenas disponen de medicinas y cuidados. La ausencia de aseos obliga a utilizar cualquier rincón apartado como letrina. Afeitarse constituye una heroicidad en invierno, pues no hay agua caliente. Los uniformes se deterioran hasta convertirse casi en harapos. La comida escasea y es de pésima calidad.

El miedo siempre está ahí, creando angustia, tristeza e impotencia. La mayoría de los combatientes aprenden a dominarlo, pero nunca desaparece del todo. Algunos soldados experimentados se hunden después de perder a sus amigos, como es el caso de Donald Malarkey (Scott Grimes) o “Buck” Compton (Neal McDonough). Otros enloquecen o sucumben al pánico, como el teniente Dike, o se comportan de forma temeraria y cruel, como Ronald Speirs (Matthew Settle) o Bill Guarnere (Frank John Hughes).

Un momento de la serie 'Hermanos de sangre'


Un momento de la serie ‘Hermanos de sangre’

Speirs, que llegaría a ser alcaide de la prisión de Spandau, fusiló a veinte prisioneros alemanes después de su rendición y mató de un disparo a un soldado que se insubordinó. Guarnere se convirtió en un asesino nato tras recibir la noticia de que uno de sus hermanos había caído en Montecassino. Obsesionado por matar alemanes, no desperdiciaba la ocasión de vengarse, disparando a veces antes de recibir la orden. Por el contrario, el sanitario Eugene “Doc” Roe (Shane Taylor) derrochaba humanidad y atendía a todos los heridos, incluso si eran prisioneros alemanes. Su prioridad era salvar vidas.

El capitán Lewis Nixon (Ron Livingston), amigo inseparable del mayor Richard “Dick” Winters (Damian Lewis), nunca eludió su deber, pero bebía y fumaba sin parar, mostrando signos de inestabilidad emocional. Hijo de una familia adinerada, solo bebía whisky escocés Vat 69, una marca exclusiva que no resultaba fácil conseguir en el frente y, a pesar de rozar la muerte en varias ocasiones, nunca llegó a disparar un tiro.

El teniente Herbert Sobel (David Schwimmer) fue un despiadado y eficaz instructor, pero carecía de habilidades como oficial de combate. Interpretaba mal los mapas, no dominaba las tácticas militares y carecía de carisma.

Aunque la serie ofrece una imagen bastante lamentable de Sobel, los soldados y oficiales a los que instruyó siempre reconocieron que no habrían sobrevivido sin la inhumana disciplina que les inculcó en el campamento de Toccoa. Las marchas nocturnas, los ascensos a la colina Currahee en condiciones extremas y los entrenamientos en la pista americana fortalecieron sus cuerpos y sus mentes.

Damian Lewis y David Schwimmer en el papel del mayor Winters y el instructor Sobel, respectivamente.


Damian Lewis y David Schwimmer en el papel del mayor Winters y el instructor Sobel, respectivamente.

Sin embargo, Sobel nunca concitó la simpatía de sus compañeros. Cuando murió, ningún miembro de la Compañía Easy acudió a su entierro. Herido por una ametralladora, Sobel volvió a Estados Unidos y se incorporó a la Guardia Nacional. Tras divorciarse, intentó suicidarse con un tiro en la sien, pero sobrevivió. Eso sí, la bala le dañó el nervio óptico y pasó los últimos diecisiete años de su vida en un estado de ceguera total.

Los personajes secundarios de Hermanos de sangre (especialmente, Liebgott, George Luz, Webster y Perconte) no son simples figurantes. Todos están bien desarrollados y son sumamente humanos. George Luz es un bromista incansable y un gran compañero. Alumno de Harvard, Webster contempla la tragedia de la guerra desde una perspectiva moral y filosófica, buscando respuestas a los interrogantes que plantean eventos tan inesperados como el hallazgo de un campo de concentración. Perconte y Liebgott son simples trabajadores, hombres ordinarios que odian la barbarie de los nazis y que priorizan la acción sobre la reflexión.

El mayor Winters es sin duda el personaje más interesante de la Compañía Easy. Humilde, sencillo, serio, valiente e íntegro, su principal preocupación fue preservar la vida de sus hombres. Nunca dio las órdenes desde la retaguardia. Siempre encabezaba los ataques y rechazaba cualquier privilegio. Su filosofía de mando se resumía en una expresión: “Síganme”.

No bebía ni fumaba y nunca empleaba un lenguaje soez. De hecho, protestó porque en la serie se incluyeron muchas expresiones malsonantes. En una carta dirigida a Tom Hanks, exigió más decoro en los diálogos, alegando que no permitió a sus subordinados hablar de una forma grosera y ofensiva. De fuertes convicciones morales y religiosas, su serenidad bajo el fuego enemigo infundía seguridad en sus hombres. Condecorado con la Cruz por Servicio Distinguido, la segunda distinción más alta del ejército de EE. UU., originalmente se le nominó para la Medalla de Honor, pero no se le concedió porque solo se concedía una por división y ya había sido otorgada.

Después de la guerra, se erigió una estatua de bronce en su honor en Normandía, exactamente en la carretera que va desde el pueblo de Sainte-Marie-du-Mont hasta la Playa de Utah. Winters solo aceptó el reconocimiento a cambio de que se dedicara la estatua a todos los suboficiales que participaron en el Día D y se grabara en la base del monumento la frase: “Las guerras no hacen grandes a los hombres, pero sacan a relucir la grandeza de los buenos hombres”. No es la cita de un filósofo o historiador, sino una frase del propio Winters. Cuando le preguntaban si había sido un héroe, siempre contestaba: “No, pero serví en la compañía de los héroes”.

Winters odiaba la ideología nazi. Las pilas de cadáveres de los campos de concentración que liberó le causaron una honda indignación. De inmediato, adoptó medidas para atender a los supervivientes, ordenando a sus hombres que buscaran alimentos, agua y medicinas en los pueblos de los alrededores. Obligó a todos los soldados de su batallón a visitar los campos para recordar por qué luchaban y movilizó a los ciudadanos alemanes de la zona para que participaran en la inhumación de los cadáveres. Años más tarde, evocaría esa experiencia como una de las más dolorosas y clarificadoras de la guerra, pues consolidó su compromiso con la derrota de la Alemania nazi.

Un momento de la serie 'Hermanos de sangre'


Un momento de la serie ‘Hermanos de sangre’

Pese al rechazo que le inspiraba el régimen de Hitler, nunca consintió que se maltratara o matara a los prisioneros o la población civil. Su sentido de la justicia le impidió recordar la guerra como una experiencia enriquecedora, tal como haría Ernst Jünger al evocar la Primera Guerra Mundial. De hecho, siempre le pesó haber disparado cara a cara a un soldado alemán con el que se topó de frente.

En la serie, dramatizaron ese incidente, convirtiendo al soldado en un adolescente que le sonríe desconcertado. En la realidad, el soldado no era tan joven y se disponía a lanzarle una granada. No sonrió. Solo expresó perplejidad y desconcierto. Sin embargo, el percance, casi un duelo, quedó grabado en la memoria de Winters, pues en el resto de las ocasiones solo había causado bajas desde una distancia que le impedía visualizar el rostro de su antagonista.

Hermanos de sangre es la mejor serie de guerra que se ha realizado hasta ahora y, veinticinco años después de su estreno, sigue conservando su capacidad de emocionar por su perfección formal, su rigor histórico y la calidad de sus interpretaciones.

“La guerra es un mal que deshonra al género humano”, escribió el poeta y teólogo católico François Fénelon. Es cierto, pero la Segunda Guerra Mundial fue quizás una de las últimas guerras que merecen el calificativo de justa, si es que se puede asociar este adjetivo a un conflicto donde unos hombres se matan a otros. Sin el sacrificio de la Compañía Easy y otras unidades militares, Europa había quedado a merced de Hitler.

Los estadounidenses no fueron los únicos que lucharon contra el Reich alemán. Sus bajas, unos 420.000 hombres, son irrisorias comparadas con las de los soviéticos, unos 27 millones. Sin embargo, creo que cualquier serie o película que recree el sufrimiento de los combatientes aliados constituye un buen ejercicio de memoria histórica, especialmente en una época donde el odio inhumano a los inmigrantes y los musulmanes ha ocupado el lugar del viejo antisemitismo, reavivando la llama de la intolerancia.

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