de joven activista que miraba a Occidente a ‘caballo de Troya’ de Putin en la UE

Dos escenas definen y condensan la carrera política de Viktor Orbán. Distan tres décadas de separación entre una y otra.

La primera tuvo lugar en 1989, cuando un joven Orbán de 26 años, con el pelo alborotado y rabia en la voz, tomó la palabra en la plaza de los Héroes de Budapest para exigir el fin de la dictadura comunista, la retirada de las tropas soviéticas y unas elecciones libres. Era el símbolo de una generación que se asomaba a la transición democrática.

La segunda ocurrió hace un par de semanas, en la misma ciudad, pero en un país muy distinto. Orbán, con la pompa que le han otorgado dieciséis años seguidos de Gobierno, extendió la alfombra roja para recibir a una constelación de líderes de la ultraderecha mundial.

El tiempo ha transformado a aquel activista liberal —que estremeció los cimientos de la Unión Soviética— en el socio más incómodo de la UE. También en el caballo de Troya del Kremlin en Europa.

Hoy su futuro inmediato depende de las urnas. Este domingo, los húngaros decidirán si Orbán continúa en el poder o si, por el contrario, se abre una nueva etapa en el país. Todas las encuestas independientes dibujan, por primera vez, un escenario adverso para el primer ministro y sitúan a su principal rival, el conservador Péter Magyar, y a su partido Tisza, con una ventaja nítida.

Orbán utilizó el lema 'Hungría primero' en su reciente discurso sobre el estado de la nación


Orbán utilizó el lema ‘Hungría primero’ en su reciente discurso sobre el estado de la nación

Bernadett Szabo/Reuters

Algunas encuestas, las más favorables, otorgan a Magyar dos tercios del Parlamento. Una mayoría aplastante. La misma que ha permitido a Orbán blindar su poder y remodelar Hungría a su medida mandato tras mandato.

El escenario de una derrota de Orbán —impensable hasta hace no tanto— no solo pone en cuestión la continuidad de un modelo iliberal, sino que obliga a echar la vista atrás. Porque las preguntas, en realidad, surgen solas: ¿cuándo consumó Viktor Orbán su deriva autocrática? ¿Cómo pasó de combatir el comunismo a alinearse con Vladimir Putin? ¿En qué momento empezó a atacar a la Unión Europea, esa misma institución en la que él mismo contribuyó a integrar al país?

Es la gran paradoja del líder húngaro.

Nacido en el seno de una familia de clase media, pasó su infancia bajo el llamado “comunismo del goulash” de János Kádár, un modelo de socialismo atenuado que se apartaba del rígido patrón del bloque del Este.

Viktor Orbán durante su discurso en la Plaza de los Héroes en 1989.


Viktor Orbán durante su discurso en la Plaza de los Héroes en 1989.

Archivo

A diferencia de otros regímenes comunistas de la región, el sistema de Budapest ofrecía ciertos márgenes de libertad económica y social, lo que lo convertía en una excepción.

En ese entorno de tolerancia relativa se forjó el joven Orbán, quien años después, lideraría el clamor por la democratización de Hungría. No es un detalle menor, ya que su irrupción en la escena política se produjo en un contexto único: el de la transición democrática. Fundó entonces un movimiento juvenil que, en las primeras elecciones libres de 1990, logró ya una modesta representación parlamentaria.

En 1993, tomó las riendas definitivas del Fidesz. Bajo su mando, el partido abandonó su sensibilidad social-liberal original para girar a la derecha. No fue algo improvisado, sino una estrategia que funcionó. En 1998, con solo 35 años, Orbán se convirtió en uno de los jefes de Gobierno más jóvenes de Europa. Lo hizo al frente de una coalición conservadora que marcaría el inicio de su metamorfosis política.

“Orbán vivió esta derrota como un shock personal del que nunca se recuperó”

Gábor Polyák, profesor de la Universidad Eötvös Loránd

“Su mayor talento siempre ha sido el pragmatismo”, explica Gábor Polyák, profesor de la Universidad Eötvös Loránd, una de las más antiguas de Hungría. Por eso, detalla, durante la transición democrática, Orbán sedujo a los círculos intelectuales con un discurso liberal. Luego, comprendió que el liberalismo no tenía una base de masas en Hungría y que el flanco conservador estaba vacío y, sin dudarlo, “movió al Fidesz hacia ese espacio”.

En 1998 subió al poder proyectando la imagen de un conservador convencido. No obstante, cuatro años más tarde, el Fidesz perdió el poder frente a la oposición socialista. Y eso supuso un punto de inflexión. “Orbán vivió esta derrota como un shock personal del que nunca se recuperó”, explica el experto en conversación con este periódico.

Pero lejos de rendirse, aprovechó sus ocho años en la oposición para recomponer su proyecto político desde dentro. “Logró aplastar a las resistencias y alternativas emergentes dentro de Fidesz hasta que quedó del todo claro que, a partir de 2010, volvería a ser jefe de Gobierno”, dice el profesor de la Universidad Eötvös Loránd .

Cuando llegó su momento, el terreno ya estaba preparado. En 2010, el Gobierno socialista-liberal, debilitado por la crisis económica y salpicado por escándalos de corrupción, se encontraba acorralado. En este contexto, Orbán logró que su formación arrasara en las urnas. “Para entonces ya había abandonado incluso ese barniz conservador, y lo que veíamos en él ya era un político puramente populista”, sostiene Polyák.

Durante su primer mandato, utilizó su supermayoría parlamentaria para reformar la Constitución, consolidar su proyecto ideológico y, sobre todo, blindar su ventaja institucional.

Le dio una base teórica a ese proyecto en 2014, durante un discurso en Băile Tușnad, donde formuló por primera vez la idea de una “democracia iliberal”: un sistema que, sin renunciar a las elecciones, cuestiona los principios del liberalismo político clásico —la separación de poderes, la protección de minorías o la independencia de los medios— en favor de un Estado fuerte.

El Orbán reformista (y censor)

“Orbán siempre ha mantenido presentes los valores occidentales tradicionales de Dios, Nación y Familia. Ha combinado este conservadurismo con la apertura económica y la primacía de los intereses nacionales húngaros en el ámbito internacional”, sostiene por su parte Peter Siklosi, investigador principal del think tank conservador Hungarian Institute of International Affairs.

Eso se tradujo en una nueva Carta Magna que reforzó las raíces cristianas de Hungría. “La familia es el fundamento de la nación y debe ser defendida. Solo un hombre y una mujer pueden casarse y establecer una familia”, declaró entonces. Con el paso de los años, aquella formulación ideológica se ha ido traduciendo en reformas que han recortado los derechos del colectivo LGTB.

La consolidación del poder del primer ministro húngaro también se ha apoyado en una reforma electoral que ha beneficiado al Fidesz. Un control que, además, se extiende al conjunto de las instituciones.

Personas leales al primer ministro ocupan puestos clave, mientras el Ejecutivo ha impulsado cambios en el sistema judicial y ha reforzado su influencia sobre los medios de comunicación. No ha hecho falta prohibir periódicos: la estrategia ha consistido en concentrar la publicidad institucional en medios afines y presionar a los que no lo son.

“No existe una censura directa, sino una asfixia económica”, explica Lukács Csaba, editor del semanario conservador, pero crítico con el Gobierno Magyar Hang. “Los anunciantes tienen miedo de trabajar con nosotros. No recibimos fondos públicos, mientras los impuestos de los ciudadanos financian la propaganda oficial”.

Csaba describe además un entorno de presión constante: “No responden a nuestras preguntas y ocultan información de interés público hasta que la conseguimos por vía judicial. Los periodistas tampoco tienen acceso a ruedas de prensa oficiales”, relata a EL ESPAÑOL.

La situación de Magyar Hang ilustra estas dificultades. “Nadie en Hungría se atreve a imprimirnos. Tenemos que producir el periódico cada semana en Eslovaquia e importarlo”, detalla Csaba.

“No existe una censura directa a los medios de comunicación, sino una asfixia económica”

Lukács Csaba, editor de Magyar Hang

Un escenario en el que la prensa, sin estar formalmente censurada, opera bajo una intensa presión estatal. Organizaciones como Reporteros Sin Fronteras llevan años denunciando estas prácticas de Orbán, a quien han llegado a calificar de “depredador de la libertad de prensa”.

Según un estudio de la organización, el primer ministro húngaro ha contribuido a la construcción de un auténtico ecosistema mediático alineado con el poder político y sometido a la lógica de su partido. Y aunque los medios independientes mantienen todavía espacios de influencia, lo hacen bajo una creciente presión política, económica y legal.

Su primera cita con Putin

Otro de los pilares del sistema es la llamada Ley de Defensa de la Soberanía, una norma inspirada en la legislación rusa sobre “agentes extranjeros”. Bajo el argumento de protegerse frente a la “injerencia externa”, el Gobierno ha creado un organismo con amplios poderes para investigar a oenegés, medios de comunicación o ciudadanos que reciban financiación internacional.

En paralelo, Orbán ha ido alineando progresivamente su forma de gobernar con el modelo de Vladimir Putin. La sintonía política entre ambos es hoy evidente, aunque el origen de esa relación sigue sin estar del todo claro. Muchos analistas sitúan el punto de inflexión en 2009.

El presidente ruso Putin y el primer ministro húngaro Orbán se reúnen en Moscú.


El presidente ruso Putin y el primer ministro húngaro Orbán se reúnen en Moscú.

Reuters

“Nadie sabe exactamente por qué pasó de ser un crítico duro y muy vocal a convertirse en el principal aliado de Putin en Europa”, explica Polyák, quien ubica ese cambio en ese mismo año. “Cuando ya parecía seguro que Orbán y Fidesz ganarían las elecciones, Putin lo invitó a San Petersburgo. A su regreso, su discurso sobre Rusia cambió de forma radical”.

En esa interpretación coincide Zoltán Balázs, presidente del Consejo de Doctorado de la Universidad Corvinus de Budapest y jefe del Departamento de Ciencia Política, aunque subraya las incertidumbres que rodean ese giro. “Algunos apuntan a posibles presiones durante aquella visita; otros, a incentivos económicos, todo ello enmarcado en una afinidad ideológica entre gobiernos soberanistas y nacionalistas, y en una creciente hostilidad hacia la Unión Europea y sus dirigentes”.

Esa deriva, aún envuelta en zonas de sombra, ayuda a entender el papel que Hungría ha acabado ocupando dentro del bloque comunitario.

La oveja negra de la UE

Desde el inicio de la invasión a gran escala de Rusia en Ucrania en 2022, la cercanía entre Budapest y Moscú ha causado una creciente incomodidad en las instituciones europeas. Es una situación muy distinta a la de 1989, cuando un joven Orbán defendía en la Plaza de los Héroes la apertura de Hungría hacia Occidente.

De hecho, su primer Gobierno marcó ese rumbo: gestionó la entrada del país en la OTAN y sentó las bases para la adhesión a la Unión Europea en 2004, aunque ya entonces bajo un Gobierno socialista.

Pero ese consenso inicial se ha ido desdibujando con el paso de los años. Hasta desaparecer. En los últimos 16 años, el jefe del Ejecutivo húngaro ha ido tensando de forma progresiva su relación con Bruselas.

El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, durante una reunión del Consejo Europeo


El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, durante una reunión del Consejo Europeo

Unión Europeo

La Comisión Europea ha abierto múltiples procedimientos de infracción por presuntas vulneraciones del Estado de derecho, la independencia judicial y la libertad de prensa, hasta convertir a Hungría en el socio más “incómodo” del bloque comunitario. A día de hoy, el Ejecutivo europeo mantiene bloqueados miles de millones de euros en fondos comunitarios destinados a Hungría.

Orbán, por su parte, lleva años acusando a las instituciones europeas de inmiscuirse en los asuntos internos del país y de aplicar un doble rasero contra su Gobierno. La invasión rusa en Ucrania no ha hecho sino profundizar esa fractura: la negativa de Budapest a respaldar determinadas sanciones y su empeño en mantener abiertos los canales con el Kremlin han ido empujando a Hungría hacia un rincón cada vez más aislado dentro de la Unión.

La tensión ha alcanzado un nuevo nivel tras la filtración de una presunta trama según la cual Hungría habría compartido información confidencial de reuniones europeas con Rusia, revelada recientemente a través de una serie de audios.

Y es en ese punto de inflexión —en el que la desconfianza mutua se ha convertido en estructura— donde la trayectoria reciente del país enlaza con su presente inmediato.

¿Una nueva era?

En este contexto, el desenlace electoral no solo marcará el futuro de Hungría, sino que también servirá como termómetro del momento político que atraviesa Europa.

Tras más de una década en el poder, Orbán ha logrado consolidar un sistema que combina legitimidad electoral con un control férreo de las instituciones, difuminando las fronteras entre democracia y autoritarismo.

Pedro Sánchez saluda a Christine Lagarde mientras Viktor Orbán conversa con Roberto Fico durante la cumbre de este jueves en Bruselas


Pedro Sánchez saluda a Christine Lagarde mientras Viktor Orbán conversa con Roberto Fico durante la cumbre de este jueves en Bruselas

Reuters

Ese giro no fue repentino, sino el resultado de una estrategia sostenida: la derrota de 2002, la reconstrucción de su poder en la oposición y la oportunidad que le brindó la crisis de 2010 terminaron de moldear al Orbán actual. Ahora bien, reducir ese proceso a una sola figura sería incompleto.

“No hay que olvidar que para que Viktor Orbán llegara a ser lo que hoy es, también hizo falta una sociedad húngara que tolerara este entorno de forma excepcionalmente complaciente durante 16 años”, matiza Polyak. Y sostiene que todas las esferas de la sociedad —las instituciones públicas, la economía, la cultura, la educación— están muy profundamente impregnadas de los pensamientos, los mecanismos y las personas del orbanismo.

En este sentido, los expertos consultados en este reportaje sostienen que, incluso en el caso de una derrota de Viktor Orbán, el regreso de Hungría a la senda de las democracias liberales no sería inmediato ni garantizado.

“Todas las esferas de la sociedad están profundamente impregnadas de los pensamientos, los mecanismos y las personas del orbanismo”

“Esta sociedad está demasiado traumatizada, individualizada, llena de desconfianza y resentimiento, dependiente del Estado, empobrecida y presa de demasiadas ilusiones históricas, de modo que no hay retorno a algo que nunca llegó a existir. Sin embargo, hay margen para ciertas mejoras”, señala Balázs, que apunta a avances posibles como la reducción de la corrupción o la reconstrucción de la relación con la Unión Europea.

La figura de Orbán, además, ha trascendido las fronteras húngaras hasta convertirse en uno de los grandes referentes de la ultraderecha mundial. Sin ir más lejos, a finales de 2024, impulsó Patriots for Europe, una nueva alianza política de extrema derecha en el Parlamento Europeo.

Una proyección internacional que, paradójicamente, ha acentuado su aislamiento dentro del bloque comunitario. Su cercanía con Vladimir Putin y su pulso constante con la Unión Europea han ido situando a Hungría en una posición cada vez más periférica dentro del proyecto europeo.

Ahora, con un rival capaz de aglutinar el descontento interno, su liderazgo enfrenta su mayor desafío en años. Porque lo que está en juego no es solo un cambio de Gobierno, sino la posibilidad —o no— de revertir un sistema diseñado precisamente para dificultar la alternancia y redefinir el rumbo democrático del país.

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