cine antibelicista en un mundo en guerra

Mientras escribo estas líneas, Estados Unidos e Israel bombardean Irán. Soy demócrata y no albergo ninguna simpatía hacia la República Islámica liderada por el ayatolá Alí Jamenei, que ha muerto bajo las bombas, pero no creo que esta campaña bélica obedezca al propósito de acabar con un régimen tiránico, sino a cálculos electorales y geoestratégicos.

Puede aplicarse la misma reflexión al secuestro de Nicolás Maduro, un político que enviaba a prisión a sus opositores y, según los observadores internacionales, manipuló el resultado de las últimas elecciones en Venezuela.

Si la finalidad de la política exterior de Trump fuera acabar con las dictaduras mediante la fuerza, ya tendría que haber intervenido en Arabia Saudí, una monarquía absoluta que en 2025 ejecutó a 350 personas por participar en protestas pacíficas, traficar con drogas, proferir blasfemias o practicar la hechicería. Al menos ocho de los reos eran menores de edad, según Amnistía Internacional, y la totalidad de los condenados había sufrido torturas, no habían contado con la asistencia de un abogado y ni siquiera habían podido leer las actas de la acusación. Ni siquiera se les comunicó la fecha de su ejecución, casi siempre por decapitación, ni se les permitió despedirse de sus familias. Sus restos han sido enterrados sin ceremonias en un lugar secreto.

A pesar de estas atrocidades, Estados Unidos —al igual que Reino Unido y la Unión Europea— mantiene unas sólidas y cordiales relaciones diplomáticas con Arabia Saudí, que incluyen inversiones multimillonarias, intercambios comerciales y una estrecha cooperación en materia de defensa. A Donald Trump no le preocupa la democracia, la libertad o los derechos humanos, sino el control de los recursos, las rutas comerciales y las zonas con importancia estratégica. Atacar a Irán es una forma de reducir la influencia de Rusia y China en Oriente Medio. Del mismo modo, intervenir en Venezuela fue una manera de expulsar del país latinoamericano a Rusia, Irán y China, que habían realizado notables inversiones y habían firmado pactos comerciales con el régimen de Maduro.

Aunque Trump y Netanyahu hablan de “bombardeos quirúrgicos”, una escuela primaria del sur de Irán se ha convertido en blanco de los proyectiles, matando a 160 niñas. Para los artífices de esta agresión bélica, son los inevitables “efectos colaterales” de la guerra, un coste que ya se presupone antes del comienzo de cualquier ataque. Como afirma Noam Chomsky, el beneficio es lo que cuenta. Irán posee las terceras mayores reservas de petróleo del mundo, unos 209.000 millones de barriles. Esa cifra pesa más que la vida de un puñado de niñas.

Pocas películas han retratado el cinismo de la guerra con tanta crudeza como Senderos de gloria, de Stanley Kubrick. El filme, que llegó a las pantallas en 1957, no se estrenó en España hasta 1986 por su carácter antibelicista.

El cineasta neoyorquino se inspiró en hechos reales. Durante la Batalla de Verdún, uno de los episodios más sangrientos de la Primera Guerra Mundial, el general Géraud Réveilhac ordenó una ofensiva de la infantería contra una posición alemana. Se trataba de una maniobra suicida que acarrearía muchas bajas, pues los soldados tendrían que avanzar por campo abierto con la bayoneta calada.

Las peores previsiones se cumplieron. Tras perder a la mitad de sus hombres, la unidad movilizada intentó retroceder y Réveilhac pidió a la artillería que disparara contra sus propias tropas, pero los artilleros le desobedecieron. Furioso, Réveilhac se vengó mandando fusilar a cuatro soldados elegidos al azar. La sentencia se ejecutó en el pueblo de Souain-Perthes-lès-Hurlus, al norte de Chálons-en-Champagne.

La conducta del general se consideró inaceptable y se le retiró del frente, pero sin despojarle de sus galones. En los años 30, se admitió que los fusilamientos habían representado una injusticia y se indemnizó a las familias con un mísero franco. No fue un caso aislado. Se perpetraron otras represalias similares para ocultar decisiones arbitrarias o actos de incompetencia.

‘Senderos de gloria’ pone de manifiesto que la guerra no iguala a las clases sociales, sino que agudiza las diferencias

Basándose en esos tristes eventos, Humphrey Cobb, veterano de la Gran Guerra, escribió en 1935 la novela Senderos de gloria, que fue adaptada al cine por los guionistas Calder Willingham y Jim Thompson (Atraco perfecto). La película se rodó en Baviera (Alemania) en los estudios Geiselgasteig (Bavaria Filmkunst Studios). Para las secuencias bélicas, se escogieron las afueras de Puchheim, cerca de Múnich. Producida por James B. Harris, Kirk Douglas y Stanley Kubrick, se estrenó en Múnich en una época de relativa distensión entre la OTAN y el Pacto de Varsovia.

El proyecto salió adelante gracias a Kirk Douglas, que utilizó su influencia para que la United Artist asumiera un presupuesto bastante modesto. El dinero nunca fue el principal obstáculo, sino el mensaje antimilitarista y la incomodidad de airear una página negra de la historia del ejército francés. El guion original alteraba los hechos para rodar un final feliz, pero Kubrick y Douglas insistieron en que se respetara la verdad histórica.

La trama discurre entre las trincheras de la primera línea y el palacio donde se aloja el alto mando francés. El contraste entre el lujo palaciego y la miseria de las trincheras pone de manifiesto que la guerra no iguala a las clases sociales, sino que agudiza las diferencias. Los generales disfrutan de menús exquisitos y bailes de salón mientras los soldados tiemblan de hambre y frío en un laberinto de barro, charcos, ratas y pulgas.

El coronel Dax (Kirk Douglas) está al mando del Regimiento 701 de infantería en un frente de 750 kilómetros que apenas experimenta cambios. El general George Broulard (Adolphe Menjou) convence al general Paul Mireau (George Macready) para asaltar la Colina de las Hormigas, un bastión inexpugnable ocupado por el ejército alemán. Mireau sabe que es una misión imposible, pero piensa que se interpretará como una acción heroica y mejorará su hoja de servicios.

Abogado penalista en la vida civil, Dax acata la orden, pero no oculta su malestar. Cuando Mireau exalta el patriotismo para justificar la inmolación del Regimiento, responde con una frase de Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Los generales Broulard y Mireau se parecen a Trump y Netanyahu: despóticos, egoístas, ambiciosos, autoritarios, corruptos y despiadados. El juicio al que se somete a los cuatro soldados elegidos aleatoriamente para dar ejemplo viola todas las garantías de un juicio imparcial. El veredicto está dictado de antemano.

Así como Trump y Netanyahu ignoran e infringen una y otra vez las normas del derecho internacional, los inescrupulosos generales utilizan al tribunal para conseguir sus objetivos. Solo el coronel Dax obra éticamente. El general Broulard le considera un ingenuo, un idealista incapaz de comprender cómo funciona el mundo realmente. Desde su punto de vista, la fuerza es el único argumento válido. La compasión solo es un signo de debilidad.

La banda sonora de Gerald Fried, que alterna lo emotivo y lo trágico, lo sentimental y lo descarnado, la fotografía casi documental de Georg Krause en blanco y negro y una dirección que combina los planos secuencia, las sombras expresionistas y los largos travellings (laterales, directos e inversos) crean una atmósfera de gran intensidad dramática.

Senderos de gloria es la obra maestra de Stanley Kubrick, su película más redonda con un mensaje antibelicista que no ha perdido un ápice de vigencia. Prohibida en Suiza y en Francia hasta los años 70, el filme es una invitación permanente a combatir los discursos militaristas, siempre trufados de clasismo.

La guerra no es la continuación de la política por otros medios, sino la expresión más descarnada de la lucha de clases. En el frente, no mueren los políticos ni los generales, sino el pueblo trabajador, convertido en carne de cañón por un capitalismo con una ambición insaciable.

Los presidentes anteriores a Trump han justificado sus acciones militares con la retórica de la libertad y la democracia. Solo los ingenuos o los cínicos han aceptado esos argumentos. El resto nunca ha ignorado que la violencia desatada obedecía a motivos nada nobles, como controlar rutas comerciales, apropiarse del petróleo o el gas o imponer políticas económicas favorables a los intereses de las grandes corporaciones empresariales occidentales.

Los generales Broulard y Mireau asisten al fusilamiento de los cuatro soldados condenados injustamente. Uno de ellos se encuentra inconsciente, pues se ha peleado con otro reo, pero un sargento le pellizca las mejillas para que despierte y no muera sin saber que se enfrenta a un pelotón.

Después de la infame ejecución, Broulard y Mireau comentan lo sucedido con un cinismo insoportable, destacando que los hombres han afrontado la muerte con bastante serenidad, algo bueno para la imagen del ejército. Aunque el coronel Dax explota e insulta a Broulard por su inhumanidad, lo cual podría haberle costado un consejo de guerra, su integridad se diluye en un contexto general de corrupción e insensibilidad. La cólera de los justos casi nunca logra acallar el estrépito de los canallas.

Abatido y con una horrible sensación de impotencia, Dax se acerca a la cantina donde sus hombres descansan antes de volver al frente. Observa sus caras desde una ventana y se conmueve al ver cómo reaccionan al escuchar la popular canción “El fiel húsar” interpretada por una joven alemana.

Al principio, los soldados se burlan de la muchacha, pero su hermosa voz y el tema de la canción transforma su actitud despectiva en un silencio respetuoso. “El fiel húsar” habla de un soldado que regresa del frente y se acerca a casa de su novia emocionado por la perspectiva del reencuentro, pero su ilusión se transforma en un profundo dolor al encontrarla agonizando en el lecho.

La joven muere en sus brazos y el soldado exclama: “Mi dolor no acabará jamás”. Dax esboza una sonrisa esperanzada. El mal existe, pero nunca podrá borrar la ternura ni la belleza, que a veces despuntan en el lugar más inesperado. La joven que canta “El fiel húsar” se llamaba Susanne Christian y se convertiría en la tercera y última esposa de Stanley Kubrick.

‘Senderos de gloria’ hiere nuestra sensibilidad con fiereza, pero también enciende una tenue luz en nuestro interior

Durante meses, Donald Trump ha bufado, gimoteado y vociferado, exigiendo el Premio Nobel de la Paz. María Corina Machado, premiada por el Comité Noruego pese a pedir el bombardeo de su propio país, le ha regalado su medalla para consolarlo, pero su gesto servil no ha apaciguado a Trump. Ya que no le reconocen su labor como pacificador, ha decidido lanzar el rayo de la guerra contra los países que no se pliegan al amigo americano.

No es el único villano de esta historia. Netanyahu y Putin muestran la misma falta de escrúpulos. En Gaza, se ha perpetrado un genocidio (se habla de 71.000 víctimas, pero algunos analistas piensan que el número real podría superar las 500.000) y la invasión de Ucrania, parcialmente propiciada por el expansionismo de la OTAN, ya ha costado dos millones de vidas.

En otros países como Sudán o la República de Congo, mueren a diario miles de inocentes, pero los periódicos apenas se ocupan de esas víctimas, a las que se considera poco relevantes. El mundo está lleno de canallas como los generales Broulard y Mireau.

Quizás el número de hombres y mujeres con la integridad del coronel Dax es mucho mayor, pero su poder es insignificante y su voz apenas consigue abrirse paso entre las mentiras propagadas por una prensa al servicio del poder político y económico. “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran”, escribió Paul Valéry.

En otro tiempo, sobre todo morían soldados. Ahora, la mayoría de las víctimas son civiles, como ha sucedido en Gaza. La guerra es el mayor fracaso del género humano, pero la esperanza es obstinada y no renuncia a manifestarse. A veces, solo hace falta que un alma inocente cante una sencilla canción para que el corazón humano, oscurecido por el desengaño, recupere la capacidad de amar e ilusionarse. Senderos de gloria hiere nuestra sensibilidad con fiereza, pero también enciende una tenue luz en nuestro interior. No permitamos que esa llama se apague.

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